La Iglesia y el escándalo del
abuso sexual
(Papa Benedicto XVI)
La Iglesia sea nuevamente creíble como luz entre los pueblos y como una fuerza que sirve contra
los poderes de la destrucción. Me tuve que preguntar cómo podía contribuir a
ese nuevo comienzo en retrospectiva. reuní algunas notas con las que quiero
ayudar en esta hora difícil. Mi trabajo se divide en tres partes:
En la primera,
busco presentar brevemente el amplio contexto del asunto. En la segunda parte, busco precisar los efectos de esta situación en la
formación de los sacerdotes y en sus vidas. Finalmente, en la tercera
parte, me gustaría desarrollar algunas perspectivas para una adecuada respuesta por parte
de la Iglesia.
I. El contexto del asunto
El asunto comienza con la introducción de los niños y
jóvenes en la naturaleza de la sexualidad, apoyada por el Estado. Lo que al
principio se buscaba que fuera solo para la educación sexual de los jóvenes, se aceptó luego como una opción
factible. Efectos similares ocurrieron en Austria, los contenidos sexuales
se convirtieron entonces en algo común. Todavía recuerdo en Ratisbona
multitudes haciendo cola ante un gran cine. También recuerdo haber llegado a la
ciudad el Viernes Santo de 1970 y ver en las vallas publicitarias un gran
afiche de dos personas completamente desnudas y abrazadas. Entre las libertades
por las que la Revolución
de 1968 peleó estaba la libertad sexual total, que no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia
está fuertemente relacionada con este colapso mental.
De hecho, las cintas sexuales
ya no se permitían en los aviones y los colegios hicieron varios intentos para
introducir una vestimenta escolar que facilitara un clima para el aprendizaje. Parte
de la fisionomía de la Revolución
del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y
apropiada. Me he preguntado cómo
los jóvenes en esta situación se podían acercar al sacerdocio y
aceptarlo con todas sus ramificaciones. El extenso colapso de las siguientes generaciones de
sacerdotes en aquellos años y el gran número de laicizaciones fueron una consecuencia de todos
estos desarrollos.
La teología moral católica sufrió un colapso que dejó a la Iglesia indefensa ante estos cambios en
la sociedad. Hasta el
Concilio Vaticano II, la teología moral católica estaba ampliamente fundada en
la ley natural. En la lucha del Concilio por un nuevo entendimiento de
la Revelación se exigió una teología moral basada enteramente en la Biblia. En la
facultad jesuita en Frankfurt el joven e inteligente Padre Schüller se entrenó
con el propósito de desarrollar una moralidad basada enteramente en las
Escrituras. Luego de un tiempo volvió habiéndose dado cuenta de que solo con la Biblia la moralidad
no podía expresarse sistemáticamente.
Al final, prevaleció principalmente la hipótesis de que la moralidad
debía ser exclusivamente determinada por los propósitos de la acción humana. En
consecuencia, ya no podía haber nada que constituya un bien absoluto, ni nada
que fuera fundamentalmente malo; podía haber solo juicios de valor
relativos. La crisis de la justificación y la presentación de la moralidad
católica llegaron a proporciones dramáticas al final de la década de 1980 y en la de 1990. La
“Declaración de Colonia”, firmada por 15 profesores católicos de
teología se centró en varios puntos de la crisis en la relación entre el
magisterio episcopal y la tarea de la teología. Fue un grito contra el
magisterio de la Iglesia y reunió el potencial de protesta global contra los
esperados textos doctrinales de Juan Pablo II.
El Papa Juan Pablo II comisionó
el trabajo de una encíclica para poner las cosas en claro nuevamente. Se publicó con el título
de Veritatis
splendor (El esplendor de la verdad) el 6 de agosto de 1993. Antes de eso, el Catecismo de la Iglesia
Católica (1992) ya
había presentado persuasivamente y de modo sistemático la moralidad como es
proclamada por la Iglesia.
Franz Böckle anunció con
respecto a la Veritatis splendor que si determinaba que había
acciones que siempre y en todas circunstancias podían clasificarse como malas,
entonces él la rebatiría con todos los recursos a su disposición. Murió el 8 de
julio de 1991.
La moralidad de balancear los bienes debe tener siempre un límite
último. Hay bienes que nunca están sujetos a concesiones. Hay valores que nunca deben ser abandonados por un
valor mayor e incluso sobrepasar la preservación de la vida física. Existe el
martirio. Dios, es más. El martirio es la categoría básica de la existencia
cristiana. Otra pregunta
se había vuelto apremiante: si el magisterio de la Iglesia debe tener
competencia final (“infalibilidad”) solo en materias concernientes a la
fe y los asuntos sobre la moralidad no deben caer en el rango de las decisiones
infalibles del magisterio de la Iglesia.
Todo esto permite ver cuán
fundamentalmente se cuestiona la autoridad de la Iglesia en asuntos de
moralidad. En muchos
círculos de teología moral se expuso la hipótesis de que la Iglesia no tiene y
no puede tener su propia moralidad. Sin embargo, la doctrina moral de las Sagradas Escrituras
tiene su forma de ser única predicada finalmente en su concreción a imagen de
Dios, en la fe en un Dios que se mostró a sí mismo en Jesucristo y que
vivió como ser humano. La fe es una travesía y una forma de vida. Creo
que incluso hoy algo como las comunidades de catecumenado son necesarias para
que la vida cristiana pueda afirmarse en su propia manera.
II. Las reacciones eclesiales iniciales
El asunto de la vida
sacerdotal, así como la de los seminarios, es de particular interés. Ya que
tiene que ver con el problema de la preparación en los seminarios para el ministerio sacerdotal. En
varios seminarios se establecieron grupos homosexuales. En un seminario en el
sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de
especialistas pastorales vivían juntos, el clima en este seminario no proporcionaba el apoyo
requerido para la preparación de la vocación sacerdotal. Como el
criterio para la selección y designación de obispos también había cambiado luego
del Concilio Vaticano II, la relación de los obispos con sus seminarios también
era muy diferente.
Por encima de todo se estableció la “conciliaridad”
como un criterio para el nombramiento de nuevos obispos, que podía
entenderse de varias maneras. Se entendió que las actitudes conciliares tenían
que ver con tener una actitud
crítica o negativa hacia la tradición. Un obispo había hecho que los
seminaristas vieran películas pornográficas con la intención de que estas los
hicieran resistentes ante las conductas contrarias a la fe. Hubo obispos que
buscaron una nueva y moderna “catolicidad” en sus diócesis. Seminarios donde a
los estudiantes que los veían leyendo mis libros se les consideraba no aptos
para el sacerdocio. Desde
la década de 1970 la situación en los seminarios ha mejorado en general.
Y, sin embargo, solo aparecieron casos aislados de un nuevo fortalecimiento de
las vocaciones sacerdotales ya que la situación general había tomado otro rumbo.
El asunto de la pedofilia no fue agudo
sino hasta la segunda mitad de la década de 1980. En Estados Unidos los obispos fueron a Roma
a buscar ayuda ya que la ley canónica no parecía suficiente para tomar las
medidas necesarias. La
suspensión temporal del ministerio sacerdotal tenía que ser suficiente
para generar purificación y clarificación. Lentamente fue tomando forma una renovación y profundización de la ley penal
del nuevo Código, que había sido construida adrede de manera holgada. Sin
embargo, había un problema fundamental en la percepción de la ley penal. Solo
el llamado garantismo
(una especie de proteccionismo procesal) era considerado como “conciliar”. Esto significa
que se tenía que garantizar los derechos del acusado hasta el punto en que se
excluyera del todo cualquier tipo de condena su derecho a la defensa. El uso
del garantismo se extendió
a tal punto que las condenas eran casi imposibles.
A la luz de la escala de la
inconducta pedófila, una palabra de Jesús nuevamente salta a la palestra: “Y cualquiera que haga tropezar a
uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si le hubieran
atado al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran
echado al mar” (Mc 9,42).
Entonces, una ley canónica
balanceada que se corresponda con todo el mensaje de Jesús no solo tiene que
proporcionar una garantía para el acusado, para quien el respeto es un bien
legal, sino que también tiene
que proteger la fe que también es un importante bien legal. Una ley
canónica adecuadamente formada tiene que contener entonces una doble garantía:
la protección legal del acusado y la protección legal del bien que está en
juego. En la consciencia general de la ley, la fe ya no parece tener el rango de
bien que requiere protección. La Iglesia tiene que considerar y tomar en serio.
En principio, la Congregación
para el Clero es la responsable de lidiar con crímenes cometidos por
sacerdotes, pero dado que el garantismo dominó largamente la situación en ese
entonces, estuve de acuerdo con el Papa Juan Pablo II en que era adecuado
asignar estas ofensas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el título de "Delicta
maiora contra fidem". Esto hizo posible imponer la pena máxima, es decir
la expulsión del estado clerical, que no se habría podido imponer bajo otras
previsiones legales. La
severidad del castigo, sin embargo, también presupone una prueba clara de la ofensa:
este aspecto del garantismo permanece en vigor.
Para imponer la máxima pena
legalmente, se requiere un proceso
penal genuino, pero ambos, las diócesis y la Santa Sede se ven
sobrepasados por tal requerimiento. Ya que todo esto superó en la realidad las capacidades de la
Congregación para la Doctrina de la Fe y ya que las demoras que surgieron
tenían que ser previstas dada la naturaleza de esta materia, el Papa Francisco ha realizado
reformas adicionales.
III. Respuesta de
la Iglesia
¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez
deberíamos crear otra
Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha
fracasado. Solo la obediencia
y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así
que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro (de nosotros
mismos) lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros.
Primero, el Señor ha iniciado
una narrativa de amor
con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear solo
puede ser que entremos en este amor. Es la verdadera fuerza contra el mal, ya
que el poder del mal emerge
de nuestro rechazo a amar a Dios. Quien se confía al amor de Dios es
redimido. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención
humana. El primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que
Dios existe. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la
vida del hombre puede entonces tener sentido.
Para que Dios sea realmente Dios en esta creación deliberada, tenemos
que mirarlo para que se exprese a sí mismo de alguna forma. Decisivamente lo hizo en el llamado a Abraham y que
le dio a la gente que buscaba a Dios la orientación que lleva más allá de toda
expectativa: Dios mismo se convierte en criatura, habla como hombre con
nosotros los seres humanos. Una
sociedad sin Dios es una sociedad que pierde su medida. La muerte de Dios en una
sociedad también significa
el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que
proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta
que nos enseña a distinguir el bien del mal. En puntos individuales, de pronto
parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión
de rutina.
Ese es el caso con la pedofilia. Se teorizó
solo hace un tiempo como algo legítimo, pero se ha difundido más y más. Las cosas que les están
pasando a nuestros niños y jóvenes amenazan con destruirlos. El hecho de que esto también pueda
extenderse en la Iglesia y entre los sacerdotes es algo que nos debe molestar
de modo particular.
¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? la razón
es la ausencia de Dios. Dios es visto como la preocupación partidaria de un pequeño grupo
y ya no puede ser un principio guía para la comunidad como un todo. Esta
decisión se refleja en la situación
de Occidente, donde Dios se ha convertido en un asunto privado de una
minoría. Una tarea
primordial es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Tenemos
que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida. Nunca
olvidaré la advertencia del gran teólogo Hans Urs von Balthasar que una vez me
escribió en una de sus postales: “¡No presuponga al Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, ¡preséntelo!”.
De hecho, en la teología Dios siempre se da por
sentado como un asunto de rutina, pero en lo concreto uno no se relaciona con Él.
El tema de Dios parece tan
irreal, sin embargo, todo se convierte en algo distinto si no se presupone,
sino que se presenta a Dios.
No dejándolo atrás como un marco, sino reconociéndolo como el centro de nuestros pensamientos,
palabras y acciones. Dios se hizo hombre por nosotros. Él habla con
nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y asumió la muerte por nosotros.
corremos el riesgo de convertirnos en maestros de fe en vez de ser renovados y
hechos maestros por la fe. Consideremos esto con respecto al asunto central: la celebración
de la Santa Eucaristía. Nuestro manejo de la Eucaristía solo puede
generar preocupación.
El Concilio Vaticano II se
centró correctamente en regresar este sacramento de la presencia del cuerpo y
la sangre de Cristo, al centro de la vida cristiana y la misma existencia de la
Iglesia. En parte esto realmente ha ocurrido y deberíamos estar agradecidos al
Señor por ello. Y, sin embargo. Lo que predomina una forma de lidiar con Él que
destruye la grandeza del
Misterio. La caída
en la participación muestra lo poco que los cristianos de hoy saben sobre
apreciar la grandeza del don que consiste en Su Presencia real. La Eucaristía se ha convertido
en un mero gesto ceremonial.
La forma en la que la gente
simplemente recibe el Santísimo Sacramento en la comunión como algo rutinario
muestra que muchos la ven como un gesto puramente ceremonial. Sí, tenemos que implorar
urgentemente al Señor por su perdón, pero antes que nada tenemos que jurar por
Él y pedirle que nos enseñe nuevamente a entender la grandeza de Su sufrimiento
y Su sacrificio. Y tenemos que hacer todo lo que podamos para proteger
del abuso el don de la Santísima Eucaristía.
Y finalmente, está el Misterio
de la Iglesia. Romano Guardini: “Un evento de importancia incalculable ha
comenzado, la Iglesia está despertando en las almas”. Me siento tentado a
revertir la frase: “La
Iglesia está muriendo en las almas”. Hoy la Iglesia es vista ampliamente solo
como una especie de aparato político. En este contexto es necesario referirnos
a un importante texto en la Revelación a Juan. El demonio es identificado como el acusador que acusa
a nuestros hermanos ante Dios día y noche. (Ap 12, 10).
El Apocalipsis toma entonces
un pensamiento que está al centro de la narrativa en el libro de Job (Job 1 y
2, 10; 42:7-16). Allí se dice que el demonio buscaba mostrar que lo correcto en
la vida de Job ante
Dios era algo meramente externo. Y eso es exactamente lo que el Apocalipsis
tiene que decir: el
demonio quiere probar que no hay gente correcta, que su corrección solo se
muestra en lo externo. Si uno pudiera acercarse, entonces la apariencia
de justicia se caería rápidamente. Hoy, la acusación contra Dios es sobre todo menosprecio de Su Iglesia
como algo malo en su totalidad y por lo tanto nos disuade de ella.
La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una
propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando
una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer. No, incluso hoy la Iglesia no está hecha solo de
malos peces y mala hierba. La
Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a
través del cual Dios nos salva. Es muy importante oponerse con toda la verdad a las mentiras y las medias
verdades del demonio: sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso
hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Además, hoy hay mucha gente
que humildemente cree, sufre y ama, en quien el Dios verdadero, el Dios
amoroso, se muestra a Sí mismo a nosotros. Dios también tiene hoy Sus testigos ("martyres")
en el mundo.
Nosotros solo tenemos que
estar vigilantes para verlos y escucharlos. La palabra mártir está tomada de la
ley procesal. En el juicio
contra el demonio, Jesucristo es el primer y verdadero testigo de Dios, el
primer mártir, que desde entonces ha sido seguido por incontables otros. El hoy
de la Iglesia es más que nunca una Iglesia de mártires y por ello un testimonio
del Dios viviente. Una de las grandes y esenciales tareas de nuestra evangelización es, hasta
donde podamos, establecer
hábitats de fe y, por encima de todo, encontrar y reconocerlos.
Al final de mis reflexiones me
gustaría agradecer al Papa Francisco por todo lo que hace para mostrarnos
siempre la luz de Dios que no ha desaparecido, incluso hoy. ¡Gracias Santo
Padre!
Benedicto XVI

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