REFLEXIÓN SOBRE EL OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO C

De la abundancia del corazón, habla la boca

La Palabra de Jesús nos habla de la verdad en nuestro corazón. Nuestro corazón es la casa donde vive la verdad, es nuestro centro escondido, donde está lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Nuestro corazón no es capturado por nadie, ni siquiera por nuestra inteligencia, sólo por nuestro Padre Dios; es el lugar del encuentro con Él, donde hacemos pactos juntos, donde tomamos nuestras decisiones entre la vida y la muerte.

Nuestras palabras y acciones salen del fondo de nuestro corazón. Hay actos inmorales en sí mismos, como la fornicación, la blasfemia, el homicidio que debemos evitar. En cambio, nuestras buenas acciones deben estar dirigidas a hacer el bien, con un fin bueno, teniendo en cuenta las circunstancias. Un fin malo malogra nuestra buena acción, como, por ejemplo, dar limosna para que nos alaben. El fin no justifica los medios, no se debe hacer un mal para obtener un bien, como abortar para quedar bien. Nuestras acciones no solamente se valoran por la intención o circunstancias, como la presión social o la necesidad de hacer algo ante el mal, sino que todo debe ser una acción buena. Entonces, ¿es difícil? No. Nada es imposible para Dios, con Él lo podemos todo, ya que Él nos da toda la ayuda para ser santos, felices en la tierra y en el cielo.

Debemos respetar la verdad con la moderación de la caridad. Por ejemplo, en la comunicación (donde debemos valorar el bien personal y común, no se puede quitar la fama a nadie por una sospecha), en la defensa de la vida privada y en el peligro del escándalo. También en la reserva de los secretos profesionales, que han de ser siempre guardados, salvo en casos excepcionales y por motivos graves y proporcionados, cuando hay corrupción de por medio. Y, asimismo, se requiere el respeto a las confidencias hechas bajo la exigencia de secreto.

El Profesor de nuestra escuela interior, el Espíritu Santo, regala carismas de sabiduría, fe y discernimiento para el bien común de la oración en la Iglesia, a la cual se la llama: dirección espiritual. Los que la reciben, son servidores de la tradición viva de la oración.
Por eso, sigamos el siguiente consejo: “mirar en cuyas manos se pone, porque cual fuere el maestro tal será el discípulo, y cual el padre, tal el hijo”. Y añade que el director: “además de ser sabio y discreto, ha de ser experimentado. [...] Si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar el alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá” (Juan De la Cruz, Llama de amor viva, segunda redacción, estrofa 3, declaración, 30).


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