Semblanza de Monseñor Frutos Berzal Robledo

FRUTOS BERZAL ROBLEDO

Una buena noticia es un sacerdote ejemplar. Hay muchísimos, y la gran mayoría son santos, y pasan ocultos. Los periodistas tendrían buen material el contar la vida de estas personas virtuosas, que son de carne y hueso, normales, amigos de Dios y que se esfuerzan por ayudar a los demás. Uno de ellos es el padre Frutos, fuerte como un roble.

El Padre Frutos, nació en 1929, en Segovia (España). Ha vivido las consecuencias de la guerra civil. En invierno, en su seminario, tenían que calentar los tubos de la cañería para que pueda descongelarse el agua. Algunos pocos años atendió una parroquia en Segovia.

Llegó con alegría al Perú en 1957; lleva 56 años en nuestra patria: más peruano que varios sacerdotes. Fue el primer párroco de Yauyos a sus 28 años. Recorrió su territorio de arriba abajo, pasando diversas aventuras. Algunas veces, tenía que trepar un cerro rocoso agarrándose a las orejas del caballo, o comer agua con fideos que le servían en los pueblos, sin sustancia, diferente a como estaba acostumbrados en su tierra, y muchas cosas más, que ya nos lo contará.

En el libro “Yauyos, una aventura en los Andes”, del Padre Samuel Valero se encuentran muchas anécdotas del P. Frutos y de los primeros sacerdotes de aquella época. Una de ellas fue que llegó a ser cocinero. Aunque el principio no quiso, porque pensaba esto era solo cosa de mujeres, San Josemaría le alentó a servir a los demás sacerdotes con la cocina, regalándole un libro de recetas; pero como estaba escrito en italiano, le pidió que le enviase otro en castellano, y con una dedicatoria. Esos libros deben estar dentro de los muchos tesoros que esconde bien el padre Frutos.

Tiene mucho espíritu deportivo. De joven, fue un gran futbolista. El P. Ausebio Laguna Alonso, otro castellano que estuvo en Yauyos, contaba que jugaba muy bien,  y que hubiese pertenecido a la selección española. En Yauyos, durante una temporada, dirigió un equipo de fútbol, y les llevó a campeonar, pero, tenía que sacar a algunos jugadores de las cantinas en la víspera de los partidos. Ha recorrido muchos kilómetros a los pueblos de la sierra para reemplazar a algún sacerdote enfermo, celebraba las Misas el fin de semana, y el lunes ya estaba dando nuevamente clases en Cañete. En Matucana, puso al día, de puño y letra, un libro de bautismo.

A los 25 años (2003) de los primeros frutos sacerdotales, el padre Eusebio, comparó al padre Frutos con Josué, la mano derecha del gran patriarca Moisés. Así como Josué hizo pasar del desierto a la tierra prometida al pueblo de Israel, el P. Frutos ha hecho pasar un buen espíritu desde los primeros sacerdotes hasta ahora. En las Bodas de Oro de esta prelatura (2007), junto a otros sacerdotes hispano-incas que vinieron para la ocasión fue el gran homenajeado, porque se ha hecho peruano. La profesora Rocío Flores le canto la canción que había compuesto para esa celebración. Es un hombre de Dios, quiso que se pusiera en las publicaciones: 50 años sembrando la fe, adelantándose a la proclamación del Año de la Fe.

Como buen castellano es sincero y directo en el hablar –también con palabras fuertes- y como buen peruano ahora tiene corazón de madre y de abuela. Aunque parece -las apariencias engañan- que fuera un hombre duro, se preocupa de la salud física y espiritual de los sacerdotes, y en el trato -por las bromas, palabras y cariño- se nota su corazón sacerdotal. En la confesión te trata con tanto afecto que se parece a Dios y dan ganas de volverse a confesar siempre.

Al error le llama error, pero sabe envolverlo con delicadeza. Nos advierte que los sacerdotes parece que no nos molestáramos, pero, a veces, nos sale “el indio”, y podemos maltratar a nuestros paisanos; también nos advierte que somos buenos pero algunas veces resentidos, como la mayoría de los peruanos. El Padre Frutos ha sabido combinar la fortaleza con el cariño. Sus consejos son acertados, llenos de experiencia vivida. Se entera de todo lo que pasa en la prelatura y va siempre a lo esencial. Por eso, muchos fieles le escuchan con agrado en su predicación.

Muchos de sus alumnos le recuerdan. Especialmente las señoras que ahora son abuelas le tratan con agradecimiento. ¿Quién no aprecia al P. Frutos? Posee una buena memoria y se acuerda de los nombres de ellos. A las señoras mayores, de broma, a veces, las llama brujas y a las jóvenes –aunque sean religiosas- las llama, feas, causando un revuelo general, pero le disculpan todo porque conoce bien la naturaleza humana.
 
Tiene un cariño de enamorado a la Virgen. Sabe tratarla, con afecto especial. Tiene una piedad recia, aunque no la expresa públicamente.

Trabaja constantemente, y hasta hace poco todavía jugaba el tenis. También descansa un rato durante la semana porque sabe que el sacerdote tiene necesidad de recuperar fuerzas, para seguir trabajando. Lleva 24 años en la parroquia de Imperial, donde es muy querido por sus vicarios y feligreses.

Es un roble que morirá de pie. Tiene buen humor. Últimamente, con los achaques, cuándo le preguntan cómo está, dice: -estoy buscando cajón (ataúd), estoy dando sustos para que se preparen. Genio y figura…

Ha tenido una fortaleza robusta, hasta el final. Dios ha querido premiarle ya y se lo ha llevado a Su Casa, el sábado 4 de febrero de 2017, a la 01:55am. Ahora la Prelatura cuenta con un intercesor más en el Cielo. Gracias, Padre Frutos, por su ejemplo de fidelidad al sacerdocio.



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