Reverendo Avalos

Este artículo lo escribe un profesor del Seminario, el es Ricardo Miyashiro Ribeiro. Toda su primaria y secundaria la realizó en el colegio Champagnat, de los hermanos Maristas, en donde también realizaron los estudios Mons. Ricardo García y Mons. Juan Antonio Ugarte. En el 95 entro a estudiar en el Conservatorio de Lima y a partir del año 2000 viene trabajando en el Seminario Mayor de nuestra Prelatura (Cañete, Yauyos y Huarochirí). Este artículo está bonísimo y espero que lo disfruten, es un poema al agradecimiento.
----
Casi una década ha transcurrido. Yo, recién llegado al pueblo, aburría mis días-acostumbrado a lo citadino-en aquellos bucólicos parajes. Ganaba algunas monedas para la subsistencia dando clases particulares de órgano a jóvenes de lugar, hasta que llegó la noticia: un grupo de infantes se encontraba haciendo la preparación para la primera comunión y la Misa estaba cerca (programada para el día de navidad). Las encargadas de la capilla pensaron que seria buena idea que los propios chicos cantasen en la ceremonia y pensaron en mí para dirigirlos. La idea- a pesar de mi “facilista” ateísmo de la época- no me pareció mala. Además, me serviría para ganar algún dinerillo extra. Acepté y tenía que conocer al párroco para que diera el visto bueno al proyecto. Minutos antes del inicio de la Misa, las hermanas me llevaron a la sacristía y ahí tuve mi primer encuentro con el padre. En aquel instante no le di mucha importancia al asunto, sólo me impresionó su sotana negra (era la primera vez que veía a un cura de cerca, vestido como tal) y su hablar calmado, entusiasta por el coro en ciernes.
A partir de ahí comenzó una amistad que, hasta el día de hoy, se mantiene incólume. Fuimos conversando, conociéndonos y descubrí que teníamos muchas cosas en común: gustos musicales, culturales, carácter calmado pero explosivo en situaciones límite y la capacidad de enfrentarnos al propio diablo cuando la lucha es justa. Trasladamos el lugar de ensayo de la capilla del pueblo a la parroquia central y fue ocasión para que la naciente amistad vaya fortaleciéndose. Recuerdo con alegría cuando pasados unos meses de trabajo el padre elogiaba el sonido que íbamos logrando. Esta alegría se multiplicó cuando conversando con gente que lo conocía desde siempre, descubrí que él no solía elogiar-casi nunca- a nadie con el fin de no acrecentar la vanidad o soberbia en el destinatario.
El gozo máximo fue, cuando animado por sus bellas pláticas, decidí confesarme después de casi ocho años. Aquel día sentí que había liberado una pesada e innecesaria carga en el mar oscuro de la angustia y la vida podía volver a ser vista con un cachito de esperanza. El Padre se convirtió en mi director espiritual y confesor hasta el día de hoy y eso es lo que voy a agradecerle hasta el fin de mis días: haber tenido el tino, tacto y firmeza para, sin exigirlo nunca directamente, ir empujándome a volver a tener una brújula en la vida: Jesús, y una madre amorosa donde recogerme en los momentos difíciles: María.
Diez años han pasado y nuestra amistad-invalorable para mí- ha recorrido muchos kilómetros: sucesos tristes, alegres, momentos de oración, de fe, sacrificio que sería imposible recordarlos todos. Sin embargo, como no mencionar las horas felices escuchando “La oreja de Van Gogh”, la alegría cuando llegaron los primeros triunfos con el coro de niñas, la fortaleza moral que me brindó cuando empezó una terrible campaña de calumnias e injurias que destruyeron el coro, las jornadas de dirección espiritual que- también-servían para dar algunos paseos por los pueblos vecinos, el viaje al Cuzco, la ilusión cuando formé una pequeña banda que ensayaba en la casa parroquial, las conversaciones que servían para atenuar los malos momentos, las miles de veces que extendió su mano solidaria en mi necesidad, el haber compartido un furioso terremoto en la casa parroquial, la decepción cuando personas cercanas traicionaron su confianza, la tristeza cuando su mamá partió al cielo y hasta su impasibilidad cuando en mis momentos de melancolía le convertía la casa en la sucursal de la tabacalera nacional, entre otras cosas.
Es un amigo, un hermano mayor, un padre pero-sobretodo-un sacerdote, un alter Christi, que, a semejanza del Divino Maestro, se convirtió para mí en el amigo que nunca falla. Estas líneas van para él en momentos en que la enfermedad lo ataca con furia, queriendo compartir con él, aunque sea, un poco de ese dolor para que purificados podamos gozar de su amistad-los que lo apreciamos y queremos mucho- y compañía por mucho tiempo. Gracias Padre Julio.
Ricardo Miyashiro Ribeiro

Comentarios

Entradas más populares de este blog

QUINTO MANDAMIENTO

HIPOLITO SÁNCHEZ

INTENCIONES DE MISAS